El azul es el color de la profundidad ambigua, de los cielos y los abismos. En el Renacimiento es el color de la belleza divina. En el Budismo tibetano, los conceptos de conciencia y sabiduría son de un intenso color azul. Para Astrid Colomar el azul, como matiz de la luz blanca, es el color de la vacuidad, el que todo lo contiene.
En esta exposición, como es habitual en la obra de Colomar, nos plantea la cuestión de la realidad sin límites, indagando entre lo interior exterior (subjetivo-objetivo). En las primeras pinturas azules sobre aluminio, la artista evocaba esa amplitud espacial a través de gradaciones de azul, más o menos denso, pero siempre presente. Ahora y después de la muerte de su madre, la artista introduce un nuevo aspecto inquietante por su radicalidad: la ausencia.
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